por Alberto Roblest
Ayer vi a Christo. No al de la cruz, el dolor, la sangre, el arrepentimiento y tanta mierda. Sino al artista conceptual que ha tomado “Central Park” por 16 días para asombro, sorpresa y hasta disgusto de los neoyorquinos, en quienes no he encontrado siquiera dos opiniones similares. Por ejemplo para Terry Mohre, el amigo en cuyo hogar pernocto cuando llego a Manhattan, dice que es lo único bueno que ha pasado desde el ataque a las Torres Gemelas, dado que el colorido de la pieza ofrece cierta paz y confort, y además, hace olvidar el gris del polvo de asbesto que cubrió a la ciudad por varios días. “Es una pieza caliente para un invierno frío.” Para su mujer que es difícil de sorprender -profesora universitaria al fin-, no es sino otra pieza de arte más, de esas que a los curadores gustan, dado que no dicen
nada, pero lucen bien. “Nada que me vuelva loca”.
La verdad es que yo si estaba más que emocionado, la noche anterior casi casi de la terminal me lanzo a Central Park directo, pero mis cuates me alertaron del peligro que puede ser Central Park de noche. Así que nos fuimos a un bar, donde se encontraba un nutrido grupo de amigos; la mayoría de ellos artistas y escritores, aunque también estaba una modelo de rostro angelical, un loco calvo que vive en un barco en los muelles de Brooklyn -en donde además siembra mota- y Walter Wright, una de las leyendas canadienses del video experimental; teníamos dos mesas. La charla, como era obvio, se enfocó en la pieza del momento y sus derivados.
Costo: 21 millones de dólares. Mano de obra: más de
mil voluntarios, más el staff de 250 personas. Número de “gates” (entradas, puertas, umbrales o porterías, como les guste) 7,500 cubriendo un área de 23 millas. Altura; 16 pies cada una, a una distancia de 3 metros de separación aproximadamente. Materiales; 5,300 toneladas de acero, 47 millas de material plástico color naranja, 165 mil tornillos con tuercas, mas rondanas. Lugar de almacenaje: el hangar Big del aeropuerto de Nueva York. Destino, comprador o where ever, ninguno, la pieza -o mejor dicho- sus materiales serán reciclados y donados a algún país pobre. Años de preparación; aproximadamente 25 años. Días de montaje; dos semanas y media.
-¡21 millones! ¡Veinticinco años...!- gritó Walter Wright sorprendidísimo.
-Exacto... y no tanto por la plata, más que nada por el asunto de los permisos y el trámite de ellos, después hubo de convencer al Alcalde, los senadores y al jefe de la policía-, explica el calvo al que no conozco aunque dice ser amigo de Pam Payne en la universidad de New York.
-Bueno, eso de los permisos y demás, es un trámite obligatorio e insufrible con el que deben cargar los artistas interesados en el arte público, y Christo es él más importante maestro de eso- suelta alguien más. (En NY hay mucha gente genio, ¿sabían?)
Cierto. Ha envuelto el edificio del Reichstag en Alemania, el Pont Neuf de Paris, once islas en la Florida y juntado con plástico -24.5 millas- los condados de Sonoma y Marin en California. En la actualidad, este santón del arte tiene unos 60-70 años de edad, vive en Manhattan -no muy lejos de donde su proyecto brilla ahora-, odia ir de vacaciones, no tiene hijos, ni mascota y su única compañía real -aunque lo rodea mucha gente todo el tiempo- es su mujer y co-autora de la pieza “The Gates”,
Jeanne-Claude, una mujer más o menos de su misma edad y compañera sentimental del artista por mucho tiempo. -Si quieren saber de ellos, hay más de doscientos sitios con información al respecto-. Así que volvamos a la escena del bar, antes de que amanezca y camine por “The Gates” -ojo, aún no es el día siguiente-.
-El arte es una mierda- dice Terry convencido, aunque sé que es una provocación.
-¡El arte es una mierda!- decimos en coro y levantando nuestras cervezas guines, les damos fondo.
-El otro día entré a una de esas galerías en SoHo y saben lo que vi, ¡pelusa!, pelusa colgada del techo con hilitos. ¡Esa era la pinche pieza! ¿Pueden creerlo?
-Joder.
-Y eso no es nada, yo me encontré con un montón de pedacitos de alfombra atornilladas a las paredes, aunque lo mejor era el catálogo, es más, en la foto se veía mejor la tal pieza que el objeto real, no supe que pensar- dijo esta vez la modelo de rostro angelical desde una boca de sueño y dientes muy blancos.
-Cualquier chingadera es arte a este punto, es jodido hombre-.
(Traducción: Everything is a bunch of fucking pice of shit men!). Otra vez el Terry; ya estábamos pedos.
Y salimos peor. Además, vacíos -no sólo de los bolsillos-, después de despotricar contra el arte y los especialistas, los galerístas y curadores y demás payasos que nos han metido en este laberinto. Casi no hablamos, más bien caminamos Pam, Terry
y
yo hasta el East Village que es donde tienen su lugar. En un alley, se encontraba un grupo de jóvenes negros fumando crack y bailando. Antes de traspasar la puerta del edificio Terry soltó otra máxima que rebotó en las paredes de viejo ladrillo:
-Pinche Nueva York, es un puto circo.
Y así es.
Al día siguiente me levanté temprano, me bañé y hice desayuno para tres. Mis dos amigos se fueron a sus respectivas actividades (en NY todo el mundo esta muy ocupado, ya sabrán) y yo me proyecté a Central Park para ver la pieza que desmontarán en dos días, para nunca más existir, el 28 de febrero para ser más exactos.
“Nuestro trabajo es en torno a la libertad. La libertad es enemiga de la posesión y posesión significa permanencia. Es por eso que nuestros
proyectos no pueden permanecer y deben irse para siempre. Son una vez en la vida, en un solo y determinado periodo de tiempo...”
Llegué y ahí estaba la pieza y su autor, Christo. Como el primero, éste estaba rodeado de gente, aunque estos no eran sus apóstoles, sino sus guaruras, sus asistentes y fans queriéndose tomar la foto junto a él. ¡Christo, Christo, Cristo! Coreaba la masa. Una jovencita de unos veinte años y evidentemente estudiante de arte gritó: ¡Christo te amo, eres mi héroe! (Y estoy seguro de que de no ser por el frió le hubiera enseñado las tetas).
La noche anterior había nevado, así que las estructuras anaranjadas lucían esplendorosas, especialmente cuando soplaba el viento y movían el plástico que pende arriba. Como yo, muchas gentes han venido al espectáculo, evento, puesta en escena, como les guste. Es algo inaudito, no había visto en mi vida así el Parque Central, ni siquiera en verano donde hay un montón de gente, y festivales. Somos quizá millones de personas caminando aquí, gentes de todos los tipos, gente que ha viajado desde muchas partes del mundo y de muchas partes de este país, sólo para ser parte de esto. Recorrí la pieza de cabo a rabo –bueno, más o menos-, con pequeños descansillos sólo para tomar fotos o ver a las hermosas muñecas que pasan de un lado y de otro haciendo
joging, enfundadas en apretadísimas mayas de neufreno -por aquello del no te entumas, la temperatura es de bajo cero y el viento esta cabrón-. Reflexiono y de pronto me doy cuenta de que el parque es otro, y no sólo para sus usuarios de todos los días, sino que en efecto todo luce diferente, es otro mundo, compruebo lo dicho la noche anterior por Walter Wright.
Regresé a los
headquarters
. El artista y su mujer Jean-Claude se encontraban dando una conferencia de prensa, había una pequeña multitud y apenas alcanzaba a escuchar lo que decían. Un periodista les preguntó del concepto y esta fue la respuesta (ojo, en lo que respecta a la traducción, el ruido y mi pésima locación, o sea):
“The Gates representa la bienvenida a todos los inmigrantes que han llegado y siguen llegando a esta ciudad de otros países y otros Continentes...” “ Representa la vida, y que es la vida, sino una sucesión de puertas, de umbrales que vamos atravesando hasta llegar a la última que es la de nuestra muerte”.
Eso me gustó. Entonces como en un crucigrama todo cobró sentido y entendí.
Había una gran cola para tomarse la foto con los creadores, aunque nos advirtieron que como se acercaba la hora del
lunch -y Christo que es humano a pesar de todo- no habría mucho tiempo. Calculé que para llegar al inicio de la cola me tomaría una hora o más, así que desistí deportivamente y como estaba medio crudo salí del parque, o sea, la pieza ahora, y me alejé pensando en un gran tarro de cerveza espumosa de color ámbar.
New York City, 25 de febrero de 2005