A manera de esbozo:
Teresa Margolles
por Alberto Roblest
En esta ocasión me permitiré hablar de una contemporánea, y además, de alguien que conozco: Teresa Margolles, mejor conocida entre la banda como la semefa. No de gratis, ya que comandó por algo así como una década, a una horda de greñudos de tendencias aztecas que se hacían llamar: “Servicio Medico Forense” SEMEFO. Llegaron a ser como doce, más algunos fans que se pegaban; su sola mención provocaba escalofrió entre el personal. Han pasado tantos años que apenas me acuerdo, serían los ochentas, y yo también andaba de loco, no con ellos, aparte, pero me acuerdo del doctor Angulo -el que se metía las velas por el culo, aunque suene a verso, pero literal-; al Charlie, tío muy inteligente y de acción; de la guapa Mónica, la de ojos tapatíos; de una morena de
apellido Catalán, no sé cual; de otros dos greñudos con cara de maleantes; y de una belleza de pelo negro y piel muy blanca de la que por cierto quedé flechado por el resto de mi vida a pesar de su aspecto dark, y que nunca me peló. Hubo otras personas claro, todos artistas sin duda –saludos por cierto-, y al frente, aunque en bambalinas, Teresa Margolles, del puritito Culiacán, ¡si ‘eñor y que chingaos!, tierra de narcocorridos, narcosatánicos, narcopolíticos y un chingo de sangre. Eran un grupo, casi un culto, no se vestían más que de negro y sólo a veces se bañaban, je je je. Yo conocí a Teresa Margolles, antes que como artista, como vendedora de libros usados afuera de la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde yo tenía una novia. A ella le compré “La nausea” -auque no lo crean- y “Bajo el Volcán” en inglés, con descuento y todo. Nos hicimos cuates, comenzamos a coincidir en las openings y por supuesto en los desmadres.
Me acuerdo de una fiesta en Xochimilco, se armaron los putazos y
por piernas salimos, yo traía un viejo safari sin toldo, madreadísimo, donde cupimos todos;
buenos tiempos, divertidos, cuando todos éramos jóvenes y bellos.
Se encueraban -hablo de los semefos-, se mutilaban y mutilaban animales, arrastraban cabezas de cochino, se ponían velas en el ano, usaban gasolina y fuego, exponían cuerpos y sangre, mostraban imágenes de la morgue, cosas por el estilo. Eran cabrones, explícitos, a veces violentos, necrofilos. Por un tiempo fueron el azote de los malditos, el underground del underground y fueron chidos por sus performances, por sus símbolos y su crudeza de estilo. La banda los buscaba,
mucha gente los recuerda, eran ídolos de los punk y en mi opinión, fueron lo mejor de los 80s mexicanos tan lleno de divas.
Abro un paréntesis antes de continuar y antes de que se me olvide –ya saben, la edad cabrona-. En particular y sin temor a equivocarme, creo que SEMEFO llegó a la cúspide, con una exposición monumental -y no sólo por la cantidad de piezas-, montada en el Museo Carrillo Gil -no recuerdo ni el año, ni el nombre de la exposición, sorry, que mal reseñista soy caray de veras, tendrán que investigar por su cuenta-. El caso es que ese show fue impresionante, como lo oyen, tanto por el impacto visual que representaba ver de frente a aquellos animales destazados y expuestos dentro de grandes cajas de cristal, como por el significado histórico del propio caballo, relacionado éste con la conquista, el dolor, la subyugación y la sangre derramada en el proceso. Aunque
indirectamente estaban representados DaVinci con sus esbozos anatómicos, Gunther von Hagens con sus plastificaciones corporales y otros grandes, el mismísimo occidente confrontado en su conjunto. Recuerdo una pieza en particular de ese show. Es la cabeza de un caballo blanco, que bien pudo ser el de Hernán Cortés, seccionada a la mitad quirúrgicamente. De un lado se ve al animal como una estatua, con el ojo abierto y su pelo suave aún, y del otro lado el cerebro y otros órganos internos en detalle, más … ¿qué creen? ¡Gusanos!, si, que se movían de un lado a otro por las cavidades del oído, el ojo y entre los lóbulos del cerebro... y además olor a muerte, olor real, no fake. -Las autoridades del museo se escandalizaron tanto cuando el olor a formol y podredumbre comenzó a llegar al piso superior donde se
guardan las colecciones permanentes que clausuraron la exposición-
“El arte no como el cómodo sillón, sino como una pieza que se pudre”. Magnífico, gore si se quiere, pero a la vez sublime, pluri simbólico, me cae. Apenas comparable a otra pieza ya famosa, ésta una lengua que parece salir de la pared, como si ese alguien, su dueño, estuviese del otro lado haciéndonos ¡brurrruuuu! …Si, claro, una lengua humana que se pensaban, que sale de la blanca pared de la galería y que llevó a su autora a la fama internacional... ¿Una lengua medio ennegrecida? De acuerdo a sus propias palabras, es la lengua de un joven criminal al que le compró la caja con la que hizo el viaje al más allá -ya saben el inframundo acolchado-, en una especie de cambalache. La historia es la siguiente. Por alguna razón Teresa conocía a la familia, gente muy pobre, de Culiacán y lo que eso implica cuando eres pobre y desesperado en un estado de narcos. El trato fue el siguiente, entre la madre del finado y la artista: “Tú me das la lengua y yo pago la caja para tu difunto, ¿OK?
Deal”. - Trato como dicen los gringos. Le abrió la boca y tijeretazo, ahí la tienen… Y la lengua si que ha viajado, déjenme decirles, estoy seguro que más que su dueño, eso sin duda. Yo me la encontré en una galería de Nueva York, yo ni sabía que estaba ahí, me sorprendió bastante y me dio gusto por mi compatriota, a la que vi al fondo, atareada, la entrevistaban o algo, parecía importante y no quise interrumpir -además me andaba meando y no había baño en la jodida galería, odio las galerías sin baño-. “Los expertos han descubierto en el trabajo de Margolles, una línea directa con la tradición del arte mortuorio y necrológico de origen prehispánico;
en combinación con el morbo del cristianismo que hace uso de las figuras bañadas en sangre y la mutilación… Ni que decir de las relaciones que establece con el sacrificio (azteca y católico), la desmitificación – re mistificación del cadáver en ambas tradiciones, y de la muerte en un constante
ritual...”- eso decía más o menos el catalogo a la entrada, mismo con el que no me pude quedar. -Carísimos los
pinches catálogos hoy en día-. Pasó el tiempo. No volví a ver a Teresa, sino hasta cuatro años más tarde, o sea, cosa de cinco meses o algo, esta vez en Boston en el ICA (Institue of Contemporary Art) donde hubo una colectiva de arte mexicano. Ella estaba incluida con su caja de burbujas de agua -que a diferencia de las otras en el planeta, esta funciona con agua con la que se han lavado los cadáveres en la morgue-. “Eso es precisamente la vida, ¿qué no?, una burbuja efímera y multicolor que revienta en el aire...” Me dirá más tarde mientras le preguntó en torno a la pieza, frente a unos tragos de tequila. -Nos pusimos pedísimos como no, más noche por supuesto, después de su ponencia, la entrevista con la prensa y el pancho de la botella que se nos rompió a la entrada del museo-. Anyway, le cortó al chisme, aunque sé que a la gente, a todos, me incluyo por supuesto, nos encanta el chisme. Al final de la noche, friísima por cierto y más de tres bares y dos antros en nuestro haber, la acompañé hasta la puerta de su elegante hotel con vista al río Charles. No entré a su cuarto, mentiría si dijera lo contrario, además ella es una dama y yo un caballero, aunque lo duden estimadísimos lectores. Así que bajé el ascensor, me cerré el abrigo y tomé un taxi, amanecía, como en todas partes del mundo el taxista me cargó la mano con la dejada el muy cabrón. Fin del chisme y aprovecho para rebobinar. Hace unos días recibí un email, ahí me enteré de que Teresa Margolles se encuentra participando en la “Bienal de Praga” de este año representando a México, no sé sí con uno de sus lienzos de sangre -en realidad sábanas recuperadas de la morgue, con figuras en sangre impresas-. O quizá con sus burbujas de espíritus, que volvieron loco a los de la galería Tate de Londres. O con su niño enterrado – “tumba de bolsillo” o “carriola rígida” que por fuera se ve como una caja de cemento de medio metro de largo y treinta de ancho aproximadamente, sin chiste alguno, hasta que se entera uno que adentro, se encuentra el cuerpo de un niño “enterrado”. -Hay varias versiones en torno a esta pieza, todas ellas macabras por supuesto, quien sabe cual saben ellos, pero yo no les diré la que conozco-. “Si hubiera explicaciones para todo, ¿qué sentido tendría entonces el arte..?.” -otra vez Teresa Margolles, esta vez en un ascensor en movimiento repleto de espejos en los que su imagen rebota...
Pues nada, que le vaya bien a la estimada Teresa Margolles en el país de Kundera y lo mejor,
¡salucita de la buena maestra!
¡Chapeau!
TORRE VISUAL Articulos y ensayos VIDEO INSTALACIONES
ENTREVISTA